La adicción al petroleo
La adicción al petróleo
Pero la magnitud del problema, tanto en Estados Unidos como en Chile, requiere enfoques audaces que vayan a la raíz de las adicciones.
Raúl Sohr
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Hace décadas que los científicos, casi en forma unánime, advierten del peligro creciente del cambio climático. Para Al Gore, el vicepresidente de Bill Clinton y fallido candidato presidencial, el calentamiento global “es la mayor amenaza contra la humanidad, más que el terrorismo, las armas nucleares y la pobreza”. El fundamento para su diagnóstico es que “la humanidad no podrá sobrevivir a los efectos del calentamiento global si no lo corregimos a tiempo”.
El grueso de los países se ha sumado al Protocolo de Kyoto que busca limitar y reducir los llamados gases de invernadero. Aquellos que, como el CO2, contribuyen al calentamiento global. Estados Unidos, sin embargo, se niega a ratificarlo aduciendo que resultaría demasiado costoso para sus empresas. Los europeos están comprometidos en ambiciosos proyectos para generar energía de fuentes alternativas y sustentables. Pero el clima es un fenómeno a escala planetaria que no es posible resolver solo con políticas regionales. Sin un compromiso serio por parte de Washington es limitado lo que puede lograrse. Ello porque los norteamericanos generan un cuarto de todas las emisiones de los nocivos gases.
En su mensaje a la nación, esta semana, el Presidente George W. Bush aludió al “serio desafío del cambio climático global”. Para mitigar los daños propuso que Estados Unidos debe reducir el consumo de bencinas en 20% en los próximos diez años. Es un buen primer paso. Dicho sea de pasada el gobierno chileno debería buscar reducciones similares. Estados Unidos como Chile no aplica restricciones a vehículos que tienen gran consumo de combustible.
Bush dijo que estimulará el empleo de autos híbridos (con motores que operan con bencina y baterías) y el uso de más etanol. Europeos y japoneses se han esforzado en producir autos más económicos con menor consumo de petróleo. Estados Unidos, en cambio, ha mantenido sus cuatro por cuatro y peor aún los sedientos SUV (Sport Utiliy Vehicles), también populares en este país. En Inglaterra a estos vehículos los llaman los “Chelsea tractors” por lo lujosos les viene lo del exclusivo barrio londinense de Chelsea, y por lo de tragadores de combustible lo de tractor. Ya hay planes para aplicarles impuestos especiales. Sería aconsejable implementar una política similar en Chile donde, para peor, hay estímulos tributarios para quienes circulan por las ciudades con enormes camionetas que consumen el triple que autos de tamaño moderado.
Ahora Bush ha dicho que Estados Unidos debe terminar con su adicción al petróleo. En realidad el acento de su discurso estuvo en frenar el consumo de hidrocarburos extranjeros. Advirtió que el país tenía una dependencia peligrosa del crudo proveniente de regiones inestables. Por ello señaló la necesidad de ampliar la explotación de los yacimientos domésticos y de Alaska en particular. Con el debido cuidado ambiental se apresuró en agregar ante un Congreso dominado por los demócratas.
Su enfoque respondió a consideraciones de política internacional antes que a una preocupación por la amenaza que representa el cambio climático. De hecho no postuló nada nuevo para reducir las emisiones de las industrias que representan el mayor problema.
Todos los gobiernos, y también cada ciudadano, están confrontados a la necesidad de reducir las emisiones de gases de invernadero y velar por el ahorro energético. Y cuanto antes se asuma el desafío tanto mejor.
El aporte de Bush aparece dictado por sus reveses políticos y un esfuerzo por abuenarse con la creciente oposición. Algo es mejor que nada.
Pero la magnitud del problema, tanto en Estados Unidos como en Chile, requiere enfoques audaces que vayan a la raíz de las adicciones.
