La odisea del dolar débil
La odisea del dólar débil
Los chinos, hasta ahora, no tienen la intención de “ceder”. No quieren sacrificar
el recurso principal de su crecimiento, las exportaciones, para lograr el equilibrio
financiero de Estados Unidos. ¿Están empujando a la ruina a Estados Unidos, ya sea cínica o inconscientemente? Ciertamente no, o al menos no todavía.
La Nación
Estados Unidos estaba atascado en Vietnam. El 15 de agosto de 1971, Richard Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar en oro. Los años setenta fueron años de un dólar débil. Diez años después, los Estados Unidos de Reagan se rearmaron y la Unión Soviética se desplomó: fueron años de un dólar fuerte. Y, en el presente, cuando Estados Unidos vive en Irak su segundo Vietnam, las mismas causas parecen producir los mismos efectos. El dólar está débil y roza sus niveles más bajos en la historia.
El vínculo entre el valor de la moneda de un país y el de sus ejércitos, sin embargo, no tiene nada de político. Cuando se inicia una guerra, ésta hace que aumente el déficit, el cual debe financiarse atrayendo los ahorros extranjeros. El país debe aumentar sus tasas de interés, lo que revalúa el valor de su moneda. Cuando la guerra se termina, hay que reembolsar las deudas, liberar excedentes. A medida que el país restablece el equilibrio de sus cuentas, las tasas de interés bajan y la moneda se deprecia. La moneda fuerte es “La Iliada”, la moneda débil, “La Odisea”, por decirlo con una metáfora de Alexandre Adler.
Esta secuencia de préstamo y después reembolso está efectivamente en marcha hoy en día, pero en términos novedosos que la vuelven más compleja. En efecto, hay dos mares de fondo que explican, más allá del déficit público, el deterioro de la balanza de pagos estadounidense.
El primero es el apetito insaciable del consumidor estadounidense por los productos importados, en especial los procedentes de China. Es la “walmartización” de la sociedad estadounidense, su desindustrialización, lo que ha aumentado en 50% el índice de importaciones estadounidenses en menos de diez años. La otra tendencia es la sed de los inversionistas extranjeros por los títulos financieros estadounidenses, que le permiten a Estados Unidos financiarse sin dificultades aparentes. Por decirlo rápidamente: China le vende a Estados Unidos productos industriales baratos y también le permite comprárselos a crédito.
Algunos autores hablan de un nuevo “Bretton Woods” para llamar a este sistema, en referencia a la conferencia de ese nombre que se celebró en julio de 1944. Keynes, representante en ese tiempo del Tesoro británico, soñaba con un mecanismo con el que los países deficitarios pudieran beneficiarse después de la guerra de líneas de crédito automáticas. Estas estarían financiadas por la creación de una moneda supranacional, que él quería llamar “bancoro”, emitida por un verdadero banco central mundial.
Pero el Gobierno estadounidense argumentó entonces que no podía aceptarse un sistema en el que los países deficitarios se beneficiaran de un cheque en blanco. ¿Quién garantizaría que el deudor pagaría sus deudas? Keynes replicaba que la carga correspondía a los propios países acreedores: éstos sólo tenían que gastar más para restablecer el equilibrio de los pagos internacionales. Por una formidable ironía del destino, es más o menos algo parecido lo que Estados Unidos le dice hoy a China: el déficit de nosotros es el excedente de ustedes, la carga de reabsorberlo le corresponde a ustedes, consumiendo más y reevaluando el yuan.
Los chinos, hasta ahora, no tienen la intención de “ceder”. No quieren sacrificar el recurso principal de su crecimiento, las exportaciones, para lograr el equilibrio financiero de Estados Unidos. ¿Están empujando a la ruina a Estados Unidos, ya sea cínica o inconscientemente? Ciertamente no, o al menos no todavía. Estados Unidos tiene una deuda considerable, que se eleva al 100% de su producto interno bruto. Pero tiene también créditos en el resto del mundo que representan cerca del 80% del PIB. Ahora bien, a pesar de ese desequilibrio, los ingresos recibidos a título de sus créditos sobre el resto del mundo son superiores al peso de las cargas financieras pagadas al extranjero. ¿Cómo es posible?
Según un cálculo realizado por Pierre-Olivier Gourinchas y Hélène Rey, Estados Unidos pagó un rendimiento medio de 3,5% a sus acreedores, mientras percibió un rendimiento de 6,8% de sus inversiones. Lo esencial de la deuda estadounidense efectivamente es obligatorio, mientras que lo esencial de sus activos está constituido por acciones e inversiones directas.
Para retomar la fórmula de Gourinchas y Rey, Estados Unidos se ha convertido, en el curso de los últimos veinticinco años, en un inmenso “fondo especulativo”, un capital de riesgo: emite deuda barata y compra títulos de riesgo de rendimiento superior. En los términos de la teoría del comercio internacional, se diría que Estados Unidos dispone de una ventaja comparativa, su propio sistema financiero, gracias al cual puede beneficiarse de una transferencia de riquezas que equivale a 20% de su PIB.
Este maná, no obstante, está en vías de agotarse. ¿Qué sucederá entonces? La solución está en el título de este artículo: el dólar débil. Las deudas estadounidenses se extienden en dólares mientras que 70% de sus activos está en moneda extranjera. Así, una devaluación de 35% del dólar podría anular de un golpe el endeudamiento neto de Estados Unidos. Le permitiría también reducir su déficit externo, el cual ronda el 7% del PIB. Según los cálculos econométricos disponibles, una baja de 10% del dólar reduce en 1% el déficit estadounidense. Una depreciación de 35% reabsorbería cerca de la mitad del déficit actual, lo que podría bastar en una primera etapa.
El dólar ya ha recorrido dos terceras partes del camino con respecto del euro. El problema es que la devaluación de la moneda estadounidense debe de obtenerse en consideración de los principales socios comerciales de Estados Unidos. Según la media ponderada por el peso de sus intercambios, la depreciación de la moneda estadounidense actualmente es desdeñable. Si Asia -en especial Japón- sigue enganchada al dólar, el euro deberá encajar él solo el golpe de un dólar débil, lo que amplificaría la depreciación prevista. Peor aun, si el despegue del dólar con relación al euro fuera inquietante, los acreedores de Estados Unidos (en especial los países exportadores de petróleo) tendrían la tentación de liquidar sus haberes en dólares. El fondo especulativo estadounidense podría sacudirse violentamente y el euro alcanzaría niveles catastróficos.
No hemos llegado a eso, pero una cosa parece segura. El dólar ya ha vivido muchos ciclos de alzas y bajas, cada uno de los cuales duró siete años en promedio. El nuevo ciclo, sea cual fuere la magnitud final de la baja, habrá de durar más. La magnitud del déficit, el peso de la deuda y la nueva implicación con Asia mantendrán al dólar bajo presión. La odisea estadounidense será larga.

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