El Mundo no es plano, es cada vez más redondo
El mundo no es plano: es cada vez más redondo
En “El mundo es plano” Friedman escribe: “Me asombra cuán incisivamente detalló Marx las fuerzas que estaban aplanando al mundo durante el ascenso de la Revolución Industrial y cómo predijo la manera en que estas mismas fuerzas seguirían aplanándolo hasta el día de hoy”.
David Reiff
LOS APÓSTOLES de la globalización todavía sacan la voz y es comprensible que lo hagan. Desde la caída del comunismo, ha imperado un consenso en prácticamente cada rincón del mundo productivo (sobre todo en Norteamérica, Europa y Asia oriental) respecto de que la humanidad ha entrado a una especie de tierra prometida.
El planteamiento señala que hoy existe una sola economía mundial, basada en un solo sistema económico llamado capitalismo; un solo sistema político sustentado en diversas versiones de la democracia liberal, aunque con lamentables retrocesos en algunos países; y una tecnología homogeneizadora basada en la convergencia de la tecnología computacional, las fibras ópticas y avanzados diseños de software, que hacen que cada persona en este planeta sea, o bien un efectivo ciudadano global, o por lo menos uno potencial, incluso en los desfavorecidos países del Medio Oriente o del África subsahariana.
Hubo en los últimos 20 años dos grandes campeones de esta visión. El primero fue el cientista político Francis Fukuyama, cuya extraña síntesis de materialismo y filosofía hegeliana lo llevó a declarar que la historia (en el sentido del conflicto entre ideologías y creencias irreconciliables) había llegado a su fin. El segundo es el columnista de “The New York Times” y escritor Thomas Friedman, quien hizo la crónica del ascenso de este mundo global interconectado en un libro de gran venta, “The Lexus and the Olive Tree: Understanding Globalization” y que ahora ha llevado su punto de vista a un nuevo nivel en su reciente libro “El mundo es plano”.
Ni Fukuyama, que estuvo mucho tiempo vinculado con el movimiento neoconservador hasta su reciente apostasía (que ocurrió cuando la magnitud del fracaso de Estados Unidos en Irak se hizo innegable), ni Friedman, cuyos conceptos políticos son los de un liberal de centro, al menos en parámetros estadounidenses, pueden de ninguna manera ser considerados izquierdistas.
Y, sin embargo, ambos han reconocido derechamente su deuda con Karl Marx. En “El mundo es plano” Friedman escribe: “Me asombra cuán incisivamente detalló Marx las fuerzas que estaban aplanando al mundo durante el ascenso de la Revolución Industrial y cómo predijo la manera en que estas mismas fuerzas seguirían aplanándolo hasta el día de hoy”. Este mundo plano de mercados perfectos, un mundo sin fronteras, y el fin de las ideologías (al menos de todas las ideologías menos el capitalismo), no deja de ser una gran idea. Aunque su argumentación está salpicada de marxismo (según su propia y alegre confesión, del marxismo del tipo más intransablemente determinista), la descripción de Friedman sobre el futuro común del mundo contiene también más de un toque del perpetuamente optimista Doctor Pangloss de Voltaire.
Porque en el mundo plano de Friedman, la tecnología, cualesquiera sean sus costos de corto plazo (como ocurre con la creciente brecha digital), siempre es a lo menos potencialmente empoderadora. En él, no importa cuán alienante sea la tecnología (en el sentido de convertir a los vecinos reales en extraños virtuales y a los extraños en vecinos virtuales), es también potencialmente emancipadora. Dislocaciones económicas severas (como la externalización de empleos desde, digamos, Estados Unidos a la India) son una oportunidad para la transformación creativa. Y hasta una crisis grave como el calentamiento global es una oportunidad para crear empleos. Ningún proceso, no importa cuán peligroso, es causa de alarma.
Sí: el mundo plano de Friedman es un lugar atractivo. Pero, parafraseando una observación del ex secretario de Estado Henry Kissinger, ¿tiene su versión de lo que llama globalización “desatada” la ventaja agregada de ser verdadera? Friedman cita aprobatoriamente a un empresario que le dijo que “se necesita una cuota de fe, basada en la economía, para decir que habrá nuevas cosas por hacer”. Y el propio Friedman añade: “siempre ha habido nuevos trabajos que hacer y no existe razón fundamental para creer que el futuro será diferente”.
A pesar de su extraordinaria curiosidad y diligencia como reportero, Friedman ha dedicado poco tiempo a los sindicalistas o a los científicos medioambientales. Si lo hubiera hecho, habría tenido que modificar radicalmente la visión rosa de un mundo plano con la que cierra su libro, un mundo en el cual una nueva generación “se despierta cada mañana y no sólo se imagina que las cosas pueden ser mejores, sino que también convierte en actos esa imaginación cada día”. Se habría, por ejemplo, visto obligado a considerar la posibilidad muy real de que, como afirma el reciente Informe Planeta Vivo 2006 del World Wildlife Fund, “durante los últimos 20 años hemos venido excediendo la capacidad de la Tierra para sustentar nuestros estilos de vida y necesitamos parar. Debemos equilibrar nuestro consumo con la capacidad natural del mundo para regenerarse y para absorber nuestros desperdicios. Si no lo hacemos, nos arriesgamos a un daño irreversible”.
Con las tendencias actuales, continúa el informe, “para el año 2050 la humanidad requerirá recursos a una tasa dos veces mayor a la que la Tierra puede generarlos”.
Friedman es un tipo decente y bien intencionado, pero su embeleso por los líderes empresariales, tecnólogos, emprendedores y futurólogos le ha llevado a creer que está reseñando el nacimiento de un mundo cuando, en realidad, su mundo plano sólo existe en ciertas partes del planeta y entre ciertas poblaciones. Y es probable que sea transitorio, porque la catástrofe medioambiental en ciernes no sólo implicará calentamiento global sino también guerras por los recursos naturales (sobre todo por el agua), y porque es dable esperar aumentos de la población en un mundo que, a pesar de todos sus Bangalores y Sillicon Valleys, no puede generar empleos decentes para los más de seis mil millones de personas que viven ya en este frágil planeta. Por tomar sólo un ejemplo, India, que Friedman pone como modelo, ha producido efectivamente una cantidad sin precedentes de empleos para la clase media. Pero las cifras absolutas de pobres también están creciendo y han hecho surgir tensiones sociales. Estas tensiones han contribuido a las rebeliones de orientación maoísta que están asolando a varios estados del este y del sur del país. O, por poner otro ejemplo, el mundo plano que Friedman avizora es fundamentalmente secular. Pero si algo nos han enseñado los primeros años del siglo 21, es que la fe es dinámica y que es improbable que ceda en importancia.
El subtítulo que pone Friedman a su libro es “Una breve historia del siglo veintiuno”. Lo que en realidad ha hecho, no obstante, es hacer la crónica de apenas un instante breve y triunfalista en que los capitalistas y los tecnólogos creyeron estar creando un nuevo mundo. Como incluso lo demuestra una lectura sumaria de los diarios, ese mundo se está ahogando en sangre, fuego y fanatismo desde Katmandú a Bagdad, desde las barriadas de Yakarta a las residencias del sur de Londres, y desde los hielos que se derriten en el Polo norte al Sahara, expandiéndose inexorablemente hacia el sur. ¿Un mundo plano? Para nada. Tendremos suerte en mantener uno redondo.
(David Rieff es columnista y autor de siete libros, entre ellos “Una cama para la noche: el humanitarismo en crisis” y “Matadero: Bosnia y el fracaso de Occidente”)
(The New York Times Syndicate)

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