Monumentos para Pinochet
Monumentos para Pinochet
Los devotos de Pinochet deberían pensar en otras formas de perpetuar su memoria. ¿Estampar su retrato en una emisión de billetes? Podría pensarse que es una alusión a los fondos cuya procedencia nunca aclaró.
Darío Oses
CIRCULAN VARIOS PROYECTOS para levantarle estatuas a Augusto Pinochet. Eso plantea varios problemas. Primero, cómo representar escultóricamente al general. Podría fundirse en bronce un monumento ecuestre: Pinochet con su sable y su vista apuntando al cielo, la capa al viento y su caballo pisoteando al enemigo: a profesores, obreros, a “los señores políticos”, a estudiantes y sindicalistas. O hacer un monumento en mármol, con reminiscencias de la mitología clásica, donde Pinochet, ataviado con túnica y sandalias, lleve en sus manos el cuerno de la abundancia, desde el cual derrame dólares y empresas del Estado, sobre los ahijados de la diosa Fortuna. Parte de estos dólares se desviarían, como empujados por un viento invisible, hacia su propio morral.
La personalidad del general y su obra tienen tantas facetas. ¿Cuál de todas elegir para exaltar su memoria?
El otro problema es que sus estatuas probablemente tengan que soportar un surtido de proyectiles, como frutas y hortalizas pasadas de maduras, y hasta algunas sustancias líquidas y sólidas desechadas por el organismo humano. Tal vez habría que encerrarlas en cúpulas transparentes o instalarlas en medio de fuentes con surtidores de ácido sulfúrico, o rodearlos de fuego, para que nadie se acerque. Por ahí deben estar las cañerías de la llama de la eterna libertad que podrían reutilizarse para este fin. Claro que no faltarían los comentarios mal intencionados que asociarán ese fuego y aquel ácido protectores con las condiciones ambientales que hay en uno de los lugares donde, posiblemente, el general ha fijado su residencia definitiva en el más allá.
Pero la peor agresión vendrá después y será la del tiempo. Ocurrirá cuando los monumentos de Pinochet pasen a convertirse en otros más entre tantos íconos perdidos en el paisaje urbano. La corrosión y el anonimato es la suerte de la mayor parte de las estatuas. Tal vez las de Bernardo O’Higgins, las de Arturo Prat y la de Condorito sean las únicas que aún pueden ser reconocidas por los colegiales y los raperos que fuman en las plazas.
Pero hay tantos otros personajes congelados en poses solemnes y rodeados por esas pomposas figuras alegóricas que hacen aún más patético su anonimato. Las palomas se posan sobre sus cabezas y los van jaspeando con sus excrementos. Sus pedestales llenos de inscripciones cursilonas y adornados con pergaminos en bajorrelieve, se convierten en urinarios de perros, de gatos y de borrachos o en sitios donde los grafiteros anotan sus jeroglíficos.
Esos arcaicos personajes de bronce o de piedra pasan a ser los tontos graves, pesados y rígidos, en medio del movimiento de las micros, los hip-hoperos, los travestis.
Los devotos de Pinochet deberían pensar en otras formas de perpetuar su memoria. ¿Pero cuál? ¿Estampar su retrato en una emisión de billetes? Podría pensarse que es una alusión a los fondos cuya procedencia nunca aclaró. Además, ahí quedaría expuesto al manoseo de todos y a las más indecorosas transacciones.
Pinochet se usaría para comprar drogas, para pagar servicios sexuales, coimear y corromper. ¡No! No podemos hacerle eso al general. Tal vez sería más honroso dedicarle una serie postal. Después de todo la estampilla es un pequeño monumento livianito, que circula por todo el mundo y después se eterniza en las colecciones filatélicas. Pero hay que recordar lo que dijo un eminente naturalista cuando le propusieron poner su retrato en una serie de estampillas de correo: “No, por favor, no quiero que todo el mundo me ande pasando la lengua por detrás”.
No hay forma: el carnaval de la vida siempre termina borrando las solemnidades, develando el potencial de ridículo que hay en las pretensiones de trascendencia y posteridad de los monumentos de tanto héroe, figurón y tribuno.
Los monumentos tienen esa gravedad, esa grandilocuencia pesada, incolora y decimonónica, que los convierte en anacronismos en estos tiempos en que impera lo colorinche, lo espontáneo, lo informal. Habría que pensar en hacer estatuas articuladas, multicolores, sonrientes, livianas para que el viento las mueva. Pero Pinochet no es para eso. En verdad él siempre fue o al menos se mostró rígido, insensible y grave, en posición firme, como estatua.

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