El fallecimineto de un dictador
The GuardianEl fallecimiento de un dictador
Chile ha avanzado mucho: su actual Presidenta es Michelle Bachelet, socialista, agnóstica, divorciada, madre soltera e hija de una de sus víctimas. Eso en sí es una retribución bastante importante.
The Guardian
ES POCO PROBABLE que los amigos y enemigos de Augusto Pinochet hayan cambiado su opinión de él tras su muerte, la cual debida a una extraña pero adecuada coincidencia ocurrió en el Día Mundial de los Derechos Humanos. En consecuencia, hubo lágrimas de parte del poco más de un tercio de chilenos que según los cálculos aún veneran al general, enterrado con todos los honores militares, como el hombre que habría salvado a la nación en 1973. Pero en Chile, América Latina y alrededor del mundo, hubo muchos que celebraron su muerte, recordándolo como el dictador que torturó y asesinó a miles de compatriotas después de derrocar al Gobierno electo.
Ahora que está muerto, así como en vida, esta historia tiene repercusiones mucho más allá de su propio país. Las circunstancias locales en las cuales se apropió del poder se entrelazaron fatalmente con la guerra fría global en la cual Estados Unidos actuó despiadadamente para aplastar el tipo de desafío izquierdista que percibió en la figura de Salvador Allende, el Presidente marxista que murió cuando su palacio estaba siendo atacado. Las expresiones de pesar tras la muerte de Pinochet acarrean ecos de un pasado no llorado.
La “tristeza” de Margaret Thatcher, agradecida por la asistencia de los chilenos en la guerra de las Malvinas, reflejó sus sentimientos por un derechista autoritario y anticomunista en un continente donde las juntas militares eran, en ese entonces, lugar común. Sería fascinante también saber qué piensa ahora Henry Kissinger, arquitecto de los cálculos de la realpolitik de Washington destinados a vigilar su “patio trasero”. Cualquier satisfacción por el fallecimiento de Pinochet ha sido templada por el amargo remordimiento de saber que nunca fue condenado por el asesinato de 3 mil 200 personas, además de la tortura y exilio de muchos miles más. Familias enteras fueron destrozadas por la represión salvaje que desató sobre el país a medida que toda la vida democrática fue ahogada bajo un manto de censura e intimidación efectuada por la policía secreta.
La imagen de los presos políticos apiñados en un estadio de fútbol santiaguino se transformó en un símbolo de las dictaduras latinoamericanas. El general, en tanto, con sus siniestras gafas y uniforme de Ruritania, personificaba el terrorismo de Estado aun cuando sus métodos fueron emulados en Argentina y Uruguay. Hoy, todo esto es recordado mucho más vívidamente que la “estabilidad” que introdujo en Chile (a la sazón sin sindicatos) cortesía de economistas entrenados en Chicago que impulsaron la privatización y desregulación a gran escala y generaron un desempleo que alcanzaba a buena parte del país en 1990, cuando Pinochet abandonó el poder.
Sin embargo, aunque los esfuerzos por juzgarlo fracasaron en última instancia, no fueron enteramente infructuosos. El proceso iniciado por el valiente juez español Baltasar Garzón, en 1998, dio lugar para su detención acusado de crímenes de guerra en Gran Bretaña y el fallo clave del la Cámara de los Lores que lo declaró un candidato apto para la extradición, pese a que sus víctimas fueron estafadas por aquel consejo médico que lo declaró demasiado enfermo como para ser juzgado. Todo eso ayudó a corroer lo que hasta entonces había sido una posición inexpugnable. También desafió la antigua doctrina de la inmunidad soberana, que establecía que los ex jefes de Estado no podían ser procesados por crímenes cometidos durante sus mandatos.
Slobodan Milosevic terminó en la corte de La Haya y (aunque en circunstancias distintas) Sadam Hussein en Bagdad, debido a que esa impunidad y esa inmunidad ya no existen. Hoy, la Corte Penal Internacional, que aún es objeto de la desaprobación de los herederos de Kissinger, proporciona una red de seguridad para cuando los sistemas legales nacionales no logran su cometido.
La vuelta de Pinochet de Londres ayudó a acelerar un proceso de catarsis nacional en la que las acusaciones de robo y fraude macularon su reputación entre sus adherentes. Su admisión de “responsabilidad política” evitó el tema del arrepentimiento y enfatizó la necesidad por un juicio formal que permita que esta sociedad herida castigue a los culpables. Ese proceso nunca se completó.
Pero Chile ha avanzado mucho: su actual Presidenta es Michelle Bachelet, socialista, agnóstica, divorciada, madre soltera e hija de una de las víctimas de Pinochet. Eso en sí es una retribución bastante importante, y significa cierto consuelo para el dolor de un terrible pasado.

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