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14.12.06

Más allá de la tumba

Más allá de la tumba
Cuando se hace demasiado absorbente, la memoria histórica es sólo un mecanismo para desentenderse del presente, el único espacio en que puede incubarse un nuevo Pinochet.
Matías Valles
La fuga de Pinochet confirma que también se puede odiar más allá de la muerte, a falta tan sólo de comprobar si se puede empezar a aborrecer a alguien después de su desaparición. La confusión entre la disolución y la absolución del tirano conlleva la presunción de que la muerte no es lo peor que podría sucederle.
Además de exagerar el influjo de nuestra repulsión, la decepción ante un cadáver insuficiente omite un triunfo mayor que cualquier ajusticiamiento. En el fogonazo previo a su extinción, nadie eximió al general de la sensación de que había fracasado. De que le sobrevivían.
La muerte no puede ser juzgada, pero hay enemigos de Pinochet que, en otra variante de la nostalgia, la interpretan como una liberación del reo.
Olvidan que ninguna condena judicial alterará la proporción entre quienes lo consideramos un tirano y quienes lo adoran como un salvador. A propósito, y aunque sea impropio de un periodista, me apetece confesar un error. Condené la persecución judicial del dictador anciano como una distracción de males más acuciantes.
Sin embargo, la presión y la prisión de Garzón sirvieron para que un general israelí no se apee del avión en Londres, por miedo.
O para que Margaret Thatcher y Henry Kissinger soliciten informes jurídicos antes de volar al extranjero. O para que Donald Rumsfeld acabe su vida sin salir del perímetro de Estados Unidos y sus colonias.
El fallecimiento de Pinochet me parece castigo sobrado, frente a los abolicionistas que en este caso tachan la pena de muerte de insuficiente. Chile pudo hacer la transición a la democracia con el dictador incordiando.
España tuvo que aguardar a la defunción de Francisco Franco, en la misma cama y con la misma postración que el dictador chileno. Lamentar que sólo hayan muerto equivale a concederles una última victoria -“me seguiréis odiando, nunca os curaréis de mi obsesión”-.
Cuando se hace demasiado absorbente, la memoria histórica es sólo un mecanismo para desentenderse del presente, el único espacio en que puede incubarse un nuevo Pinochet.