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10.1.07

El Personalismo ante la "cultura de la corrupción"

El personalismo ante la “cultura de la corrupción”
Las agendas particulares sólo pueden desarrollarse en el marco colectivo del bialiancismo. Eso lo tienen claro Flores y Schaulsohn. Encuestas como las del CEP, con los datos que aporta, pueden tener efecto alentador para los proyectos personales.
Hugo Mery
La decisión del senador Fernando Flores de “borrarse” del PPD, para dedicarse a lo que cree más consistente con su “propia” interpretación de las necesidades del país expresa el personalismo reinante en la tienda más identificada con la transición a la democracia. Esta característica se conformó con la irrupción de agendas particulares en el marco del colectivo de la Concertación, ya que las aventuras fuera del bialiancismo a que obliga el sistema electoral no tienen visos de fructificar.
De ahí que tanto el senador renunciado como el ex diputado expulsado del PPD, Jorge Schaulsohn, hayan puesto el acento en las últimas horas en que no se van de la Concertación, sino que aspiran a renovar la política dentro de ella, insuflándole savia joven para superar sus defectos. Incluso quien fuera fundador y presidente durante dos años del PPD no ha vuelto a referirse a la “transferencia ideológica” entre los ciudadanos de izquierda y derecha de la que habló en 2001 y que, según él, llevaba a plantar las “banderas de todas las libertades” más allá de las dos “ciudades amuralladas” en que se dividió al país político. “Yo no tengo nada que ver con las ideas de la derecha”, dijo ayer Schaulsohn, aunque con Fernando Flores tiene la común inquietud de trabajar con los independientes con “espíritu emprendedor” dentro del referente Chile Primero, lanzado el viernes último.
La presentación de la carta renuncia del senador Flores a su colega Roberto Muñoz Barra -jefe de la bancada en la que tampoco continuará, ni siquiera como independiente- trajo evocaciones de épocas pasadas.
El mismo Muñoz se fue de la Unidad Popular cuando era diputado en 1972, pero como parte del Partido de Izquierda Radical (PIR), que abandonó en pleno el Gobierno de Allende, para irse a la oposición, junto a la DC y la derecha (conformando juntos la Confederación Democrática). Flores era entonces una joven promesa del MAPU, considerado un “genio” por muchos cuando asumió sucesivamente los ministerios de Economía, Hacienda y Secretaría General de Gobierno.
Nada de eso ocurrió ayer -sólo el diputado Esteban Valenzuela siguió, hasta ahora, al “gurú”-, en parte porque la Concertación, con toda la crisis que vive, se erige aún como un proyecto viable, y porque al Gobierno de Michelle Bachelet no le rondan premoniciones de muerte, sino que exhibe, en todas las encuestas de opinión, una robusta salud, que hace temer al presidente de RN, Carlos Larraín, de que pueda proyectarse después de 2010.
Encuestas como las del CEP, con los interesantes datos que aporta, pueden tener un efecto alentador para los proyectos personales dentro del bialiancismo, sistema al que el mismo sondeo tiende un manto protector ciudadano. Si los partidos políticos reciben el repudio generalizado, como principales focos de la corrupción, es mejor alejarse de ellos, pero no de la coalición, ni menos del Gobierno ni de la Presidenta, porque alternativa no se divisa -la Concertación sigue generando las seis figuras mejor evaluadas-, y porque el grado de apoyo y confianza que suscita Bachelet es inusitadamente alto, en el contexto de la gravedad de los problemas que ha debido enfrentar.
El éxito de la estrategia presidencial de seguir impertérrita con su agenda social, en medio de las denuncias, transformadas luego en peleas de dirigentes, y cuando el país político aparecía conmocionado por la muerte de Pinochet, es una lección que puede resultar engañosa.
La indignación moral de la Presidenta ante los escándalos no la pueden asumir, de la misma forma creíble, los rostros de los partidos. Ni los que han hecho una cruzada por la probidad, porque han sido parte del sistema, como candidatos a senador o alcalde, y recién ahora se salen de la “cultura de la corrupción”, después de, por ejemplo, presidir el PPD, para asegurar que entonces, antes y después, se destinaban fondos reservados de los ministerios a los partidos oficialistas para que pagasen la luz. Ni los que se quedan exhibiendo un intolerable gesto de autocomplacencia o de indignación ante denuncias que, en vez de procesarse con rigor, se descalifican.
Si de no caer en el libreto sostenido por la derecha se trata -de no dejar que la probidad cope toda la agenda-, los dirigentes no deben olvidar, al reaccionar, que ellos carecen del “aura presidencial”. Tal vez ésta exista, pero no es algo puramente mágico. El prestigio de los profesionales de clase media que ejercen el cargo máximo se afinca también en hechos terrenales: los tres anteriores presidentes siguen viviendo como antes, incluso en los mismos domicilios particulares, y la Mandataria en ejercicio no proviene de las cúpulas partidarias.
Algo de esto parecen olvidar los líderes opositores, rezagados en las encuestas como alternativa. Se solazan al ver al PPD autodestruirse, pero al mismo tiempo se reparten los municipios para las próximas elecciones, acudiendo a la vieja práctica del cuoteo. Justamente lo que la ciudadanía identifica como origen de la corrupción, al no privilegiarse el mérito por sobre todas las cosas.