Educando, aprendiendo y jugando en el Bosque

La Dirección de Educación Municipal de el Bosque utiliza esta herramienta con el objetivo de que la Comunidad Escolar de el Bosque participe con comentarios, estudios y otras cosas en el Fortalecimiento de la Educación y la Cultura en nuestra Comuna.

18.1.07

Aviso de tormenta en la Iglesia Católica

Aviso de tormenta en la Iglesia Católica
Si bien se aprecian las cualidades intelectuales y espirituales de Benedicto XVI, si no es posible desmentir su popularidad, como puede juzgarse por el número de visitantes en la plaza de San Pedro, ¿no habrá sido sobrestimada su capacidad como hombre de Gobierno? Pues las decisiones tardan, los designios faltan, las decepciones se acumulan.
Henri Tincq
El barco hace agua. Símbolo de un catolicismo tradicional y resistente, la Iglesia de Polonia, alcanzada por su pasado, está en plena crisis.
Como la de España, que sufre por adaptarse a una Europa laica y libra la guerra al Gobierno socialista. Como la de Italia, activa en todos los frentes -la bioética, las alianzas civiles (en las que los tradicionalistas ven un substituto espurio del matrimonio), la eutanasia- para defender sus posiciones hasta la intransigencia y que la hizo negarse a oficiar funerales religiosos para Pier Giorgio Welby, enfermo terminal que, a pedido suyo, fue desconectado de las máquinas que lo mantenían con vida artificial. El país entero condenó esa falta de caridad por parte de una iglesia que, pocos días antes, no había tenido empacho en celebrar las exequias religiosas de Augusto Pinochet.
¿Y qué puede decirse de las afligidas iglesias de Bélgica, de los Países Bajos y de los países ex comunistas (a excepción de Polonia), o de las iglesias paralizadas por los escándalos de los sacerdotes pedófilos, como es el caso de Irlanda y Estados Unidos?
En ese ambiente, casi podríamos pensar que Francia se retiró muy a tiempo del peligro. Aquí son buenas las relaciones entre el estado y la Iglesia, que por grado o por fuerza se ha adaptado a la tradición laica. Pero los franceses, que son poco practicantes, cada vez se declaran menos católicos.
Y es esa Iglesia debilitada la que el día de mañana podría ser golpeada en plena cara por el proyecto de Roma de otorgar más facilidades a la misa conforme el rito tridentino, celebrada en latín y de espaldas a los fieles, medida que la gran mayoría de los fieles considera una regresión.
El decreto (“motu propio”) del Papa ha sido aplazado por la presión de los obispos franceses pero, después de las crisis en Polonia, España e Italia, sería difícil que Benedicto XVI corriera el riesgo de echarse en contra a Francia.
El barco hace agua, en primer lugar, en Roma. La sucesión de deslices que desde hace algunas semanas se han relacionado con las acciones del Papa causa problemas. Ya terminó la luna de miel con este teólogo curtido, que sorprendió por la altura de su visión y su estilo humilde. Y se insinúa la duda: si bien se aprecian las cualidades intelectuales y espirituales de Benedicto XVI, si no es posible desmentir su popularidad, como puede juzgarse por el número de visitantes en la plaza de San Pedro, ¿no habrá sido sobrestimada su capacidad como hombre de Gobierno? Pues las decisiones tardan, los designios faltan, las decepciones se acumulan.
Sin duda, sería imprudente hacer una amalgama de dos polémicas de naturaleza diferente, pero es su sucesión lo que crea la imagen de un Papa poco preparado para su función y que, mal acompañado, acumula las torpezas.
Cada una tiene su génesis: subestimó el carácter difamatorio para los musulmanes de su discurso de Ratisbona, Alemania, sobre la fe y la violencia; respetuoso de la antigua tradición litúrgica, se empeñó en terminar con el cisma lefebrista haciendo concesiones sobre la misa en latín; aplicó una rígida moral católica en el caso de Welby, moral que prohíbe todo atentado contra la vida desde su concepción (el aborto) hasta su término (la eutanasia); en fin, desconoció los detalles de los archivos polacos que acusan a sacerdotes comprometidos con los servicios secretos de su país en la época comunista.
En cada ocasión, el restablecimiento del pontífice ha sido espectacular, pero ha ido seguido de otro golpe de timón. Con el Islam se encontró una salida honrosa a la crisis, gracias a la visita de Benedicto XVI a la mezquita Azul de Estambul que, si bien selló la reconciliación, indignó a algunos católicos, escandalizados de ver a su Papa orando en un sitio musulmán.
Ocurrió la misma confusión tras la renuncia del efímero arzobispo de Varsovia: si bien algunos admiraron la forma valerosa en la que el Papa tomó su decisión, una vez convencido de que el hombre designado al cargo no había dicho toda la verdad, muchos se asombraron por la falta de vigilancia del Vaticano, que lo nombró y lo apoyó. Además, en Polonia se levantaron voces para expresar su indignada sorpresa de que no se les pidiera cuentas también en España a los obispos y sacerdotes implicados con el franquismo, ni en América Latina, a quienes colaboraron con las dictaduras de Argentina y Chile, entre otras.
En pocas palabras, esos deslices revelan un desconcierto inhabitual en la cumbre de la Iglesia Católica. Y las críticas empiezan a llover. Se dirigen a la aparente sumisión del Papa a una curia que no se ha renovado tanto como se había anunciado. Benedicto XVI restructura su Gobierno a pasos pequeños.
Y, como si quisiera asegurarse, nombra a sus antiguos colaboradores en la prefectura de la Fe: Tarcisio Bertone, nuevo secretario de Estado; Claudio Hummes, brasileño, recién nombrado prefecto del Clero; Ivan Dias, indio, flamante prefecto de Evangelización. Pero estos hombres aún no pesan en una curia heredada de Juan Pablo II, que sigue dominada por los partidarios de una gestión ultraprudente.
También hay críticas por el retraso en el tratamiento de los temas candentes, como es el de los divorciados vueltos a casar. O el del preservativo, en el cual se había prometido atenuar la posición de la Iglesia, mientras que incluso cardenales de peso (Danneels en Bruselas, Lustiger en París, Agrée en Abiyán) reiteran desde hace veinte años que la prohibición del condón no es sostenible ante una tragedia tan absoluta como la del sida.
Hay retraso también en la solución de sucesiones de envergadura, como la del cardenal Ruini, vicario de Roma que bloquea toda evolución de la Iglesia italiana, de la cual él es el jefe; la del cardenal colombiano López Trujillo, conservador que dicta la posición romana sobre la ética sexual y la familia; la del cardenal Poupard, encargado del diálogo con la culturas y con el islam, pero que no fue informado del discurso de Ratisbona.
En fin, crecen las críticas contra la ausencia aparente de ambición mundial de un pontificado en el que dominan el peso de Europa y la obsesión del papa alemán por la “muerte de Dios” y la “dictadura del relativismo”. ¿Cuál es su posición sobre la relación entre la fe y las culturas lejanas, la coexistencia con el proselitismo de las iglesias evangélicas en las metrópolis urbanas, la emergencia de la India y de China, la intensificación de los flujos migratorios de los países pobres?
Contrariamente a su predecesor que, elegido a los 58 años de edad, pudo abstraerse de la Curia para recorrer los países del Sur, donde se juega el porvenir de un cristianismo que ha cambiado de color, Benedicto XVI, de 79 años, aún no ha salido de Europa. Ya tiene programado un viaje a Brasil para mayo. Ahí podría abrir un nuevo capítulo, pero hay que tener cuidado de no olvidar que la “mundialización” de la acción, del pensamiento y de los viajes de Juan Pablo II no impidió la extrema centralización de su Iglesia.
Si recuperara la inspiración del Concilio Vaticano II -mayor autonomía a las iglesias locales, gobierno más colegiado, reforma de la Curia y del papado, apertura ecuménica-, que fueron puestas en sordina por Juan Pablo II, la Iglesia Católica podría adaptarse a su tiempo y reencontrar su dimensión de universalidad.