La violencia social es orgánicamente moderna
La violencia social es orgánicamente moderna
Es imprescindible y urgente reconocer que la violencia social, incluida la de los grupos minoritarios, no es tan ajena ni distante a los síntomas violentos que muestra la sociedad chilena a través de múltiples expresiones cotidianas.
Antonio Cortés Terzi
Director ejecutivo del Centro de Estudios Sociales Avance
EN CHILE PARECIERA haberse instalado un “discurso oficial” sobre la “violencia callejera”. Con “discurso oficial” se alude no sólo al que proviene de las autoridades, sino al que expresan otras instancias y actores que influyen en la vida colectiva y que a la postre terminan por hacerlo discurso de la sociedad.
La idea-fuerza esencial de tal discurso es que la violencia es ejercida por grupos pequeños, ajenos a las conductas de grupos mayores. De ahí que para calificarlos se recurra, preferentemente, a términos como “vándalos”, “infiltrados”, “encapuchados”, etc. Por supuesto que esta idea-fuerza se complementa con otras. Se postula, por ejemplo, que el origen sociológico de tales grupos estaría en una suerte de marginalidad de la marginalidad, con lo cual se reconoce que las carencias y faltas de expectativas estarían detrás de esas conductas, pero que éstas se potenciarían por su articulación con fenómenos como una rebeldía juvenil radicalizada y sin norte, la drogadicción, la delincuencia, etc.
Este discurso -en lo grueso- es “cómodo”, facilista y, de una u otra manera, autodefensivamente conservador. Y en tal sentido es ineficiente, puesto que al devenir en “oficial” se erige en una exposición con fuertes cargas dogmáticas y prejuiciosas que poco aportan a desentrañar el fenómeno.
En este asunto lo que es imprescindible y urgente reconocer es que la violencia social, incluida la de los grupos minoritarios, no es tan ajena ni distante a los síntomas violentos que muestra la sociedad chilena a través de múltiples expresiones cotidianas. Dicho con otras palabras, la violencia social, hasta la más grupuscular, tiene raíces sistémicas distribuidas en la sociedad. Se podría decir que equivale a los dolores más intensos que alertan sobre una enfermedad orgánica.
Llegar a ese reconocimiento clave no es fácil porque hay una pertinaz resistencia de los círculos dirigentes de todo tipo a interrogar intelectualmente lo sistémico como una totalidad. Dicho sea de paso, las elites chilenas son extremadamente temerosas en materia de revisión “racional” e integral del sistema. Algunas, por el absurdo miedo de que el sistema quede bajo amenaza de derrumbe o resquebrajamiento por la sola identificación intelectual de sus contradicciones y negatividades.
Otras, porque mientras los cuestionamientos contra el sistema sean sesgados y focalizados pueden escapar corporativamente de la crítica, porque el sesgamiento y la focalización tienden a ubicar como sujeto de los reparos básicamente al Gobierno y a la política. Y unas terceras, porque sospechan que no tiene respuestas ante una crítica sistémica integral.
Tras estas actitudes y temores hay una cuestión muy de fondo que es la carencia de reflexiones y debates acerca del ser y el deber ser de la modernidad y de una sociedad moderna. Lo que se ha impuesto en Chile es una visión unidimensional de la primera y que, además, se extrae de cuantificaciones de ella y de las experiencias de los países que más han avanzado cuantitativamente en esta dimensión. Es decir, la modernidad no ofrecería opciones: sería un fin predeterminado y definido.
Bajo esa mirada se ha llegado a una idea neopositivista e inconflictuada de la modernidad. En efecto, ésta sería entonces una suerte de “destino manifiesto” de las sociedades y cuyo puerto estaría signado por lo logrado en los países centrales, y los conflictos importantes que enfrentarían las sociedades en procesos de alcanzarla serían producto de la pervivencia de rezagos en la modernidad y no intrínsecos a ella.
La hipótesis que aquí se sostiene es que todo conflicto relevante en la sociedad chilena es moderno y propio de la modernidad. Primero, porque ésta es profundamente conflictiva en sí misma. Y, segundo, porque, aun aquellos enfrentamientos que se entroncan con lo “premoderno”, son subsumidos y readaptados por las conflictividades propias de la nueva etapa.
Esta hipótesis se puede ejemplificar aludiendo a manifestaciones de la violencia social. La facticidad del poder es un dato de la realidad moderna. Uno demostrable, pero, además, percibido y entronizado en la cultura masiva. Pues bien, para determinados grupos “marginales” -y algunos otros no tanto- la violencia es apreciada como su instrumento propio de poder factual.
Complementariamente, para estos conjuntos de personas -y en general para otros muchos- la violencia constituye un mecanismo de inclusión social, aunque sólo lo sea temporalmente. Se trata de grupos que sienten que mediante estas conductas agresivas son “incluidos” como sujetos, no sólo por el subsistema político, sino por otros subsistemas, especialmente por el mediático.
En suma, la “violencia callejera” se articula a fenómenos tan modernos como lo son la facticidad del poder, las exclusiones que produce el predominio de la mercantilización moderna y la búsqueda de reconocimiento social a través de lo mediático.
Vistas las cosas en esta perspectiva, las respuestas para el problema deberían tener en cuenta que la “violencia social” forma parte del tipo de modernización que ha atravesado el país y que, por consiguiente, puede alcanzar grados no menores de legitimidad racional-factual.
Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl)

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