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29.9.06

La derecha y el sentido político de las promesas

La derecha y el sentido político de las promesas

Maximiliano Figueroa M.
Director de Bachillerato en Humanidades U. Alberto Hurtado
El miércoles 13 de septiembre, dos días después de que se cumplieron 33 años del golpe militar, Joaquín Lavín, uno de los máximos líderes de la derecha chilena, candidato a la Presidencia de la República en dos ocasiones representando al sector, manifestó la necesidad de que quienes fueron partidarios y colaboradores del régimen de Pinochet pidan perdón y realicen la promesa pública de contribuir para que “nunca más” se repitan en Chile las violaciones de los derechos humanos. Con sus palabras recordó el gesto del ex comandante en Jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre, que en su momento indicó que “nada justifica” el quebrantamiento de tales garantías.
Las palabras de Lavín han sido objeto de diversas reacciones, pero sin que se haya reparado en todo su alcance. La propuesta constituye una ocasión privilegiada para visualizar el valor político que las promesas son capaces de tener en la configuración del país. Si el Estado democrático puede considerarse fruto del desenvolvimiento de la lógica moderna del contrato social en su versión horizontal -es decir, una sociedad en que los pactos y acuerdos descansan en la reciprocidad que liga a cada ciudadano con sus semejantes-, quiere decir que no son la homogeneidad étnica ni los recuerdos históricos ni menos el temor al Leviatán que intimida a todos, sino la fuerza de las promesas mutuas lo que hace posible la cohesión y la proyección de una sociedad en el tiempo. Como claramente lo vio la pensadora Hannah Arendt, toda organización humana -social o política- se basa en definitiva en la capacidad del hombre para hacer promesas y cumplirlas; las promesas son la única manera que tenemos de ordenar el futuro, de hacerlo previsible y fiable hasta el grado que sea humanamente posible.
Es mediante los pactos y compromisos mutuos que se forma y mantiene el espacio público, que tiene lugar la construcción de un mundo común en el que se generan los bienes, las instituciones y significados que le brindan a la convivencia su dignidad y sentido. La democracia es, fundamentalmente, una forma de convivencia, se articula en torno al respeto de la pluralidad y la libertad de los seres humanos, al compromiso con la inviolabilidad de su dignidad. Sin esto anidando en la convicción ciudadana y sin un compromiso explícito en el espacio público como fundamento, la democracia tiene una suerte incierta, un déficit de vitalidad en las confianzas de sus actores, la imposibilidad de la amistad cívica en su seno. Cuando la crueldad y la humillación han marcado los tiempos de interrupción de la convivencia democrática en un país, recuperar los impulsos cívicos de cooperación que permitan reestablecer la convivencia civilizada y la confianza de sus integrantes, exige la acción de la justicia, los gestos de arrepentimiento y perdón, pero no en menor medida el ejercicio del poder humano de hacer promesas: de comprometerse para que “nunca más” sea posible que un poder ilimitado y prepotente cuente con los aliados, activos o pasivos, para violentar la dignidad de los seres humanos. Restarse del compromiso con argumentos elusivos, habla de conciencias que no han logrado abrirse al espíritu de la democracia, que juegan a ella desde un mero vínculo circunstancial, impenetrables al sufrimiento y menoscabo padecido por otros, instalando, de este modo, la oscura plausibilidad de que “si se dan las circunstancias” los horrores se pueden volver a repetir.
La identidad de un país no está constituida sólo por el número de sus habitantes, el espacio geográfico que ocupa, lo que compra y vende en sus relaciones comerciales, sino ante todo por la idea que tiene de sí, por su auto-imagen moral como sociedad. Todo país requiere definir ciertos marcos de sentido para guiar la construcción de sí mismo, requiere definir ¿quiénes somos como colectividad?, ¿qué queremos los unos para los otros?, ¿en qué radica nuestro orgullo y autoestima como sociedad?, ¿qué acciones queremos impulsar y cuáles no estamos dispuestos a permitir ni a tolerar entre nosotros? La respuesta a estas preguntas define y proyecta la posibilidad de formar un mundo común, que sólo es posible a partir de las debidas promesas y compromisos que nos permitan enfrentar la impredescibilidad propia del futuro con la esperanza de que éste será mejor que nuestro presente, y con la confianza de que el horror y su posibilidad han quedado definitivamente en el pasado.