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26.9.06

Violencia social y actitud de las élites

Violencia social y actitud de las elites
En primer término, salvo en el caso de la delincuencia, la violencia social poco afecta a las elites como conjunto específico, precisamente, porque se encuentran protegidas por la segregación de hábitat.

Antonio Cortés Terzi
Director ejecutivo del Centro de Estudios Sociales Avance
“No parecen imágenes de Chile”. Ese fue el comentario del conductor del noticiero de TVN Amaro Gómez Pablos al finalizar la exposición de hechos e imágenes violentas ocurridas el 11 de septiembre pasado. Se cita aquí porque refleja gráficamente el distanciamiento y desconocimiento de las elites chilenas respecto de una buena parte del país real. Por cierto que tanto los sucesos violentos del 11 como las imágenes transmitidas por televisión no se ven todos los días, pero también es cierto que no son tan ajenas ni excepcionales como para explicar la sorpresa o extrañeza que trasunta el periodista con su frase.
La violencia desencadenada ese día es un tema -qué duda cabe- relevante en sí. Pero también lo es el tratamiento que recibe y que ha recibido, en general, el asunto de la violencia en Chile de parte de las elites. En primer lugar, es un tema que las elites abordan esporádicamente y, en especial, cuando reviste características espectaculares que captan la atención mediática. Sin embargo, la violencia con connotaciones y raíces socioculturales está presente en Chile de manera permanente, sea en estado de prácticas o de latencias.
Chile es un país con un elevado grado de manifestaciones de violencia cotidiana y de indicadores de síntomas que potencian el ejercicio de la violencia. Violencias explícitas y rutinarias como la delictual, la intrafamiliar, la de pandillas, la que se da dentro de las escuelas, de las poblaciones, etc. Y síntomas acumulativos de violencia potencial como el consumo de drogas, alcohol y fármacos o como la que entraña el maltrato habitual en las relaciones laborales o entre personas de distinta posición en la escala de poder y estatus. Las carencias, exclusiones y frustraciones sociales son también indicadores reconocidos de violencia potencial. Y, aunque sean menos reconocidos, también son indicadores de lo mismo, los debilitamientos y quiebres en la legitimidad de valores conductuales y de estructuras tradicionales otrora orientadoras de conductas colectivas. En suma, la cuestión de la violencia o de los factores que la impelen son fenómenos de rango permanente, pero que no lo ven así las elites, probablemente porque, entre otras cosas, les cuesta mirar al país integralmente y, por ende, sesgan o compartimentan los distintos hechos y causas que se encuentran tras las prácticas violentas.
En segundo lugar, en Chile hay un considerable distanciamiento entre las elites -de todo tipo y color (y con muy pocas excepciones)- y las masas populares. Los vínculos que establecen con ellas son dominantemente exógenos, instrumentales y verticales. Por lo mismo, los conocimientos que tienen de las realidades sociales populares no poseen o poseen una escasa vivencialidad. Para las elites son realidades observables y estudiables, pero no compartidas en espacios y momentos más o menos rutinarios. Son siempre o casi siempre realidades externas y “extrañas”.
El distanciamiento entre elites y masas es producto de una situación recurrentemente señalada: la enorme segregación social que caracteriza a la sociedad chilena actual, cuyos orígenes están en la desigual distribución de la riqueza, pero que se expande hacia desigualdades socioculturales y de hábitat. En Chile virtualmente no hay espacios de encuentro en los que coincidan masas y elites como pares: de vecinos, de apoderados, de comensales, de veraneantes, de ciudadanos, etc. Cuando se producen encuentros, son siempre o casi siempre de elite/masa, de gobernante/gobernado, de autoridad/usuario, etc. Ahora bien, desde el punto de vista del conocimiento este distanciamiento se agrava porque las elites suplen las relaciones directas, como fuente de información, por las encuestas y las estadísticas. Para las elites, el Chile masivo es el Chile cuantificado por esas dos herramientas. Por supuesto que la visión que se construye sólo a partir de esos instrumentos es falsa o incompleta. Primero, porque hay un sinfín de realidades que gravitan molecularmente en los mundos populares que no son recogidas por la encuestas y estadísticas. Y, segundo, porque las unas y las otras tienden a generar un sistema de apreciación de la realidad “numérico-mayoritario”. Es decir, un sistema en que la realidad es aquella que retratan las cifras mayoritarias. Así, por ejemplo, desde que los pobres estadísticamente se convirtieron en una clara minoría, la preocupación de las elites por la pobreza disminuyó de manera rotunda y se desplazó hacia el mito del país de clases medias.
Por último y retomando el tema de la violencia, las elites tienen también otras limitaciones para acercarse y responder al tema de la violencia social y que se encuentran en el ámbito de comportamientos corporativos.
En primer término, salvo en el caso de la delincuencia, la violencia social poco afecta a las elites como conjunto específico, precisamente porque se encuentran protegidas por la segregación de hábitat. Es decir, el actual estatus no las impele, corporativamente, a actuar con urgencia y permanencia frente a este problema. Y en segundo lugar, siendo la violencia social un asunto que toca causales sistémicas y siendo las elites de todo orden copartícipes en la edificación y reproducción del sistema, es inevitable que enfrenten con cautelas las raíces del asunto.
De todo lo anterior se desprende que existe un alto riesgo que el tema de la violencia social no se asiente en las agendas, que continúe apareciendo esporádicamente, que se persista en un tratamiento parcial y que, por consiguiente, los factores que alientan la violencia social sigan su marcha ascendente.
Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance).