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4.10.06

El Neosocialismo de Bachellet



El neosocialismo de Bachelet


Si Lagos pudo dar la impresión de ser un postsocialista, es posible que Bachelet, con su insistencia en las redes de protección social, se esté perfilando como una neosocialista.

El anuncio del “presupuesto más expansivo en materia social” por el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, tuvo un preludio, la semana pasada, en una suerte de declaración doctrinal de la Presidenta Michelle Bachelet, en un seminario organizado por la Fundación Chile 21. Allí, la Mandataria hizo uno de esos ejercicios académicos en que los líderes progresistas realizan un diagnóstico de la realidad social en un estilo comprometido que muchas veces no se compadece con lo que ejecutan en la práctica. Lo que se produjo, finalmente, fue una articulación entre la declaración de principios de la gobernante y lo que anunció su ministro de Hacienda por cadena nacional de radio y TV: un avance moderado y cauteloso hacia la consolidación de una red de protección social; un entusiasmo por mejorar las condiciones de la base social, mediante el gasto público, atemperado por una rigurosa disciplina fiscal según los sagrados principios macroeconómicos.
Tal vez la yuxtaposición de ambas figuras -la de la Presidenta socialista y el ministro neoliberal- esté sugiriendo un sello de la actual administración mucho más marcado que el de la anterior. En ésta la ideología debió dar paso a un pragmatismo estratégico, en virtud de las urgencias planteadas y la necesidad de demostrar que un Gobierno presidido por un hombre como Lagos no era identificable necesariamente con el que condujera un político romántico como Allende. Hoy, la bonanza del cobre hace más difícil la elusión del compromiso con la gente y el piso político-partidista parece favorable para cumplirlo. La competitividad al interior de la Concertación llevó a la Democracia Cristiana a instar por un presupuesto social de dos dígitos; una oposición de izquierda se ha instalado en las bancadas oficialistas (los llamados parlamentarios “díscolos”), y los colorines de Adolfo Zaldívar las han emprendido contra el “modelo”, y, en fin, una errática oposición se acercó al mundo sindical, interesándose por sus demandas, y apoyándolas en muchos casos. Algunos presidenciables como Longueira insisten en desmarcarse de los empresarios y algunos de éstos, como Lamarca, acusan a sus colegas de no querer “soltar la teta”.
¿Qué hace, finalmente, que las condiciones económicas y socio-políticas no basten para insuflar de mayor aire social el cometido gubernamental y legislativo? Desde luego, muchas de las posiciones partidistas no son completamente reales -caso de la derecha- o están revestidas de prevenciones y aperturas inéditas -caso de los socialistas-. En RN y la UDI no cesan los llamados doctrinales a rebajar los impuestos, al tiempo que se encuentra “razonable” el nuevo Presupuesto anunciado por el ministro de Hacienda. Desde el Partido Socialista surgen voces como las de Ominami, que se abren a la discusión por flexibilizar, reemplazar o prescindir de la indemnización por años de servicios para estimular el empleo. Y en el fiel de la balanza siguen impertérritos los neoliberales -asentados especialmente en el PPD, el grupo Expansiva y el aparataje de Hacienda y Economía-, que frenan todo gasto “desmesurado”. Al final, éstos, con su sana doctrina financiera logran calmar los ímpetus más entusiastas del gasto social, entre los que podría ponerse a la propia Presidenta.
Para ellos, no se trata de que “los pobres no pueden esperar” y de que las platas del cobre alcancen para solucionar algunos problemas endémicos en Chile, como, por ejemplo, los déficit en cantidad y calidad de la infraestructura de la salud pública. Les hace más fuerza la imagen del salitre, para advertir -lo hizo Velasco- que toda bonanza es pasajera y no hay que cegarse con su brillo.
La derecha se mimetiza con ellos en su alegato contra el Estado, su tamaño y eficacia y encuentra argumentos en el triunfo conservador sueco para proclamar el fracaso del Estado de bienestar, en circunstancias que su mantención es uno de los compromisos de la nueva mayoría. Bachelet, en su discurso de la Fundación Chile 21, planteó que lo que está en debate es el mejoramiento del Estado. El guante que lanzó -“un Estado de derecho que no garantiza derechos sociales es un Estado de derecha”- apenas fue recogido por los defensores del modelo. Esto, cuando sus más caracterizados exponentes a nivel trasnacional -por ejemplo, el presidente de la Organización Mundial de Comercio, el socialista francés Pascal Lamy- sostienen que los nuevos problemas planteados por la globalización se solucionan con mayor Gobierno, es decir, con más normas que regulen las fuerzas desatadas del mercado. Si Lagos posiblemente dio la impresión de ser un “postsocialista” que superó los dilemas ideológicos de los ’60 y ’70, Bachelet tal vez esté pergeñando una suerte de neosocialismo, en consonancia ya no tanto con la tercera vía de los laboristas ingleses, sino con una reformulación de la protección social como herramienta útil para los fines el despegue de la gente junto con el de la economía.