Escuelas de buena y mala calidad
Escuelas de buena y mala calidad en Chile
Es necesaria una regulación que distribuya recursos en los establecimientos y evite que ellos se concentren o depriven en algunos colegios por efectos del tipo de regulación actual.
.Javier Corvalán
Director de Magíster en Política Educativa de la Universidad Alberto Hurtado
¿POR QUÉ EN Chile hay escuelas de buena y mala calidad? Planteada desde el sector subvencionado, en particular desde el municipal, la pregunta podría especificarse en por qué hay tan pocas de buen rendimiento y tantas de bajos resultados de aprendizaje en sus alumnos. La investigación reciente ha constatado algo que parece de sentido común: en las de buen rendimiento (según el Simce) hay una suma de elementos: profesores efectivos (los que consideran terminado su trabajo si los alumnos aprenden), buen clima organizacional (liderazgo directivo) y, en general, una buena dotación de fondos para el aprendizaje, incluyendo textos, computadores, laboratorios, etc.
Esto bastaría para explicar que la mayoría de los buenos resultados se relacionan de forma directa con el nivel socioeconómico de los establecimientos y sus comunas por razones simples: la subvención que de modo relativamente parejo entrega el Mineduc a los municipios y a las escuelas particulares subvencionadas puede ser complementada y aumentada por dos vías: en primer lugar, por aportes municipales extraordinarios, más factibles mientras mayor sea el nivel socioeconómico de la comuna; y en segundo lugar por el financiamiento compartido (restringido a los particulares subvencionados de nivel básico y medio y a los municipales medios).
Ambos mecanismos hacen que colegios de sectores o comunas de mayor nivel puedan disponer de un mayor per cápita por alumno para invertir en salarios o bonos a los docentes. Es esta disparidad la que las políticas focalizadas y de compensación han intentado equiparar, con éxito relativo, desde 1990.
Podría pensarse que hay que persistir -con lo difícil e incluso imposible que resulta- y tal vez lleguemos a la equidad educativa, estado ideal en que la disposición de insumos es tal que se logran resultados equivalentes o al menos no relacionados con la clase social del alumno o la comuna del colegio.
Pero hay elementos de la investigación, en Chile y el exterior, que levantan con más fuerza una evidencia: una escuela de buena calidad o al menos una cuyo rendimiento es mejor al promedio está formada, aparte de los atributos anteriores, por ciertos alumnos, en general de más alto capital cultural, lo que muchas veces se une a ciertas características sociales y familiares deseadas por los establecimientos al admitirlos. Esto adquiere características socialmente inequitativas por dos aspectos del ordenamiento educacional: el llamado school choice (o posibilidad de elección de escuela) y la baja o nula regulación que existe cuando la escuela tiene más postulantes que cupos, lo que posibilita, en contrapartida, la selección.
Esto conduce a una paradoja. Cuando una escuela mejora su rendimiento con acciones diversas a las que desde el Estado y desde organizaciones variadas se han implementado, potencia la calidad de su oferta y, por ende, generará un aumento de sus postulaciones: la escuela será más demandada y lo será, al mejorar su calidad, por quienes antes no postulaban. Al no estar regulada desde el exterior la relación postulantes-vacantes, podrá seleccionar. ¿Qué hará que ella prefiera a los de más bajo capital cultural y social? ¿Qué pasará con los no seleccionados? ¿Con los que sean instados a dejar la escuela, bajo formas a veces sutiles y en ocasiones no tanto, ahora que la escuela pueda reemplazarlos y mantener su nivel óptimo de matrícula?
Los des-seleccionados irán a otras escuelas donde grados menores de selección les permitirá ingresar, generando un “nomadismo escolar” en que ciertas escuelas captarán a los mejores y otras a los de menor proyección de rendimiento.
Si a esto se le agrega la débil capacidad gubernamental para igualar fondos, tendremos la generación permanente de escuelas de bajo rendimiento en la medida que se generan otras de más rendimiento. Las primeras suman a alumnos académicamente más débiles, las segundas a los más fuertes. ¿Esta es la educación de una sociedad democrática? En el actual ordenamiento y regulación es un callejón sin salida, en que su concreción es una sostenida segmentación educativa.
Pero este diagnóstico fatalista -no por eso menos real- es reversible. Se necesita una mayor o mejor regulación del sistema. El tema no es que no esté regulado, sino que el modo en que lo está genera procesos y resultados que no son del todo compatibles con los objetivos en una sociedad democrática, que debe concebir la educación como un bien público fuertemente equitativo en su provisión.
Para evitar el fatalismo es necesaria una regulación que distribuya recursos humanos y materiales en los establecimientos y evite que ellos se concentren o depriven en algunos colegios por efectos del tipo de regulación actual.
Chile necesita una nueva regulación de su sistema educacional, que sin dañar el school choice o la libre elección de las familias, impida o disminuya la posibilidad que los colegios seleccionen alumnos o si lo hacen, sea sobre la equidad educacional.
Para tener una educación digna de una sociedad democrática parece importante: a) una mirada sobre la dinámica global del sistema educativo, entendiendo que cuando los colegios más aventajados se “escapan”, esto tiene efecto inequitativo sobre quienes no tienen iguales ventajas; b) regulaciones que permitan un adecuado gasto e inversión por alumno de modo que, como en naciones de gran desarrollo educativo, las diferencias reales de gastos no superen la relación de 1 a 2 y que además la cantidad mayor se aplica muchas veces a los más pobres; c) regulaciones que impidan que la sobredemanda o selección de un colegio no se regule por decisión de éste, sino por métodos formales que tienen que ver con equidad social.
El azar (mediante sistemas de loterías en la admisión, como con las escuelas independientes en EEUU) parece bastante más equitativo que la actual selección por rendimientos que muchas veces oculta la selección por origen social o familia, lo que entonces más que una selección es una discriminación.
Es deber de un estado democrático que todas estas regulaciones se apliquen idealmente y en principio a todo el sistema educativo, si no es posible a todos los que reciben subvención, y si no, a todo el sistema que tiene su origen en fondos públicos, como es el sector municipal.
