La transición de los pasitos cortos
La transición de los pasitos cortos
La “erosión institucional” denunciada por la derecha es el efecto de la postergación de necesidades de la democracia. La institucionalidad siempre estará no erosionada, como pretende ese sector, sino incompleta, por la renuencia a abordar derechamente todos los puntos pendientes de la transición.
Hugo Mery
La escalada descalificatoria de la derecha de los dichos y actuaciones del Gobierno tuvo un punto culminante el lunes pasado: en el voto político aprobado conjuntamente por las comisiones políticas de Renovación Nacional y la UDI se apunta a un grave “deterioro institucional”: En lo que va de la gestión de la Presidenta Michelle Bachelet -se dice en el documento-, “hechos individualmente deplorables marcan en su conjunto la tendencia a erosionar nuestro aparato institucional”.
La acusación, aunque no ha tenido mayores efectos políticos, evoca con su retórica la que se hiciera al Gobierno de la Unidad Popular, por parte de una mayoría que se expresó institucionalmente mediante el famoso acuerdo de la Cámara de Diputados en agosto de 1973. Desde luego que el cargo en contra de la administración de la actual Mandataria trasluce sólo el voluntarismo de la minoría de derecha y ni siquiera del conjunto de ella, como que fue objetado por el piñerismo en la misma reunión en que se formuló, a través de Rodrigo Hinzpeter.
La insistencia de la sociedad Larraín y Larraín en convertirse en los “profetas del Apocalipsis” -según la gráfica expresión acuñada ese mismo lunes por Sebastián Piñera- ha llevado en los últimos días al presidente de RN a hablar de un intento por el socialismo de hacerse del poder total, a través de plebiscitos que buscarían crear las condiciones para instalar una Asamblea Constituyente, en circunstancias que el Gobierno de Bachelet, según el senador UDI Pablo Longueira, está políticamente terminado. Siguiendo con la embestida, el senador RN Andrés Allamand acusó a su colega Camilo Escalona de convertirse en “el Altamirano del actual Gobierno”, después que aquél le adjudicara la adhesión de los “chupasangre” y “explotadores”, por haber logrado bolear en el Tribunal Constitucional, por vicios de forma, la definición del concepto de empresa contenida en la nueva ley de subcontratación.
El áspero diálogo de quienes en sus años mozos se enfrentaron como líderes de los estudiantes secundarios -representando a los pingüinos que en la época apoyaban o se oponían a la UP- estuvo marcado por una censura explícita a los términos usados por el actual presidente del PS. Efectivamente, las alusiones de Escalona a ciertos empleadores corresponden a un lenguaje en boga a principios de los ’70, pero eso no significa que tales especimenes se hayan extinguido. Él quiso, con sus epítetos, reinstalar un debate sobre las malas prácticas patronales que ha desaparecido de la agenda pública, gracias a una contemporización de la clase política con la empresarial.
Antes, el líder socialista había evocado la salida del plebiscito para el callejón del binominal, para después, enfrentado en el hemiciclo con Allamand, emprenderlas contra el Tribunal Constitucional. Ambas actuaciones nutren la denuncia derechista de un “deterioro institucional”, junto a la preferencia de Bachelet por un período presidencial de cinco años, la aspiración de garantizar el derecho a la educación por sobre la libertad de enseñanza y, en fin, las dilaciones para nombrar un nuevo contralor general de la República.
Los dos primeros pronunciamientos no hacen sino relevar que, por mucho que se haya promulgado el año pasado “la Constitución de Lagos”, quedan materias pendientes en la inacabable transición. Escalona exageró, sin duda, al tildar al TC de “poder fáctico”, toda vez que ya no se trata genuinamente de un “enclave de la dictadura”, como sí lo es la LOCE: el oficialismo en pleno concurrió con sus votos a sancionar ese tribunal, reformulado en su estructura y atribuciones, y eso es parte de las transacciones con la derecha. De esta “política de los consensos”, que hace de los gobiernos concertacionistas una suprema expresión de la política como arte de lo posible, quedan flotando ondas que tienden a hacerse presente en el cuadro político con cierta regularidad.
De esto da cuenta el curso que está tomando el proceso de negociaciones para perfeccionar el binominal. La materia no fue tratada en la comisión mixta de los partidos derechistas, pero en esos mismos momentos el Partido Comunista aceptaba la invitación de RN a integrarse a las conversaciones con el oficialismo. Este, a su vez, la entendió como una base acotada para avanzar en sólo uno de los aspectos de la reforma electoral, que es terminar con la exclusión de la tercera fuerza, encabezada ésta por la colectividad que dirige Guillermo Teillier.
Aunque hay otras condiciones planteadas por el piñerismo para conversar, la Concertación se apresuró a recoger más bien la disponibilidad de Carlos Larraín de “sacar a bailar también a la fea”. Es lo que se desprende de las frases de Escalona -“avancemos en lo que sea posible”- y el ministro Ricardo Lagos Weber -“operemos con lo que tenemos disponible”- emitidas el lunes en La Moneda.
Una vez más, se está caminando con pasitos cortos, de modo que en otro tramo del camino se vuelvan a suscitar los reclamos para avanzar un poco más. Así la institucionalidad siempre estará no erosionada, como pretende la Alianza, sino incompleta, por la renuencia a abordar derechamente todos los puntos pendientes de la transición.

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