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15.2.07

En Cada Barrio Revolución

En cada barrio, Revolución
Si alguna cosa tiene hegemonía en esta ciudad, pese a la nostalgia, es el deseo de que nunca más volvamos a ser azotados por esa plaga amarilla mafiosa que ocupaba los espacios urbanos, mataba, agredía y humillaba a todos.
La Nación

Alejandro Kirk
Si el Transantiago es una revolución (la primera que se anuncia desde el Gobierno desde 1970), entonces hubiese sido auspicioso ver a los líderes revolucionarios al frente, no sólo a los ministros Andrés Velasco y Sergio Espejo. Pero están las masas trabajadoras, claro, como ocurre en todas las revoluciones, que pasan la peor parte, pero se mantienen allí, por necesidad o convicción, tratando de arreglárselas. Añorando el pasado que no termina de morir (las micros amarillas) y esperando por el futuro que no termina de nacer.
Pesadilla: ¿qué ocurriría si las micros amarillas salen en masa a la calle un día a las siete de la mañana? ¿Quién las pararía? ¿Qué pasaría si empiezan a destruir las máquinas del Bip! y a cobrar con boletos truchos? Imagino que los servicios de inteligencia del Ministerio del Interior, Carabineros, Investigaciones, el PPD y el PRSD están todos centrados en esta posibilidad. Sería el momento de la Contrarrevolución, y su hora señalada, una madrugada de marzo.
Para entonces, las fuerzas revolucionarias transantiaguinas deberán haber conquistado la hegemonía, temporalmente perdida en el caos de las horas peak de estos días. Porque si alguna cosa tiene hegemonía en esta ciudad, pese a la nostalgia, es el deseo de que nunca más volvamos a ser azotados por esa plaga mafiosa que ocupaba los espacios urbanos, mataba, agredía y humillaba a todos.
Entre las pertenencias que se han salvado de la historia, conservo un carné escolar de los ’60, firmado por un señor Marinakis, presidente de los micreros. Imagino que es el padre del actual Marinakis, dirigente autobusero, ex procesado por la Ley de Seguridad Interior del Estado y actualmente empresario del Transantiago.
Desde la lactancia, el pequeño Marinakis aprendió que la vida es una batalla por las calles de Santiago, que se libra en todos los frentes, menos en el de los horarios, la puntualidad, la amabilidad o el respeto de un servicio público. Esa fue su escuela. Todo niño de entonces, cuando iba a la escuela en micro, sabía que cada subida era una posible agresión, un insulto. Y sabíamos también que, cuando existía la posibilidad, había que subir a los buses y trolleys de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado, porque en ellos no había carreras ni frenazos, paraban sólo en los paraderos, y los choferes, vestidos con uniforme, hasta le sonreían a uno. Eso aconsejaban los padres y la experiencia.
De esa clase de choferes, cuidadosamente entrenados para partir y detenerse con suavidad, no discutir con los pasajeros, no disputarse la calle, no atropellar a nadie, no queda ni uno. Es una especie extinguida en la dictadura neoliberal. Ahora sólo hay zombies de mirada vidriosa y perdida.
Son esos choferes maltratados y sus antiguos patrones los que protagonizan la contrarrevolución. No sé si los contratos lo establecen pero sería un sueño democrático que a esta gente, si sigue boicoteando, se le expropien las micros. Tiene razón el ministro del Interior: hubiese sido más fácil no hacer esto, dejar todo como estaba, que Santiago se sometiese aún más a la dictadura terrorista de las micros. Pero se hizo, y menos mal.